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La dirección del PP tiene claro que sus posibilidades de éxito en 2019 dependen de cómo gestionen dos objetivos: mantenerse como la fuerza más votada dentro del bloque del centro derecha y romper por completo la identificación de sus siglas con el «pasado» de la etapa de Mariano Rajoy. Aquí entra la revisión programática que planean escenificar en la Convención Nacional de enero, donde la idea es conceder espacio a dos imágenes, la nueva Ley de Concordia que replica a la de la Memoria Histórica del PSOE y a la exhumación de los restos de Franco, y la presentación de los candidatos por Madrid, aunque esto depende ya no sólo de la decisión del PP, sino también de cómo manejen sus «cartas» el PSOE y Vox.

Andalucía será un escaparate a nivel nacional de lo que se puede esperar de la alianza de las formaciones del centro-derecha, y para Casado una de sus principales “pancartas” para la larga precampaña en la que ya están inmersas todas las formaciones políticas. El PP tiene claro que la cohabitación dentro de ese Gobierno andaluz, si se constituye tal y como está previsto, va a ser «muy complicada, prácticamente imposible en este contexto de tensión electoral». El PP no se fía de Cs ni de Vox, y la desconfianza a la inversa es recíproca. Son socios en la teoría, pero en la práctica los tres están calibrando dónde está el equilibrio para no asumir el desgaste de la responsabilidad del bloqueo al «cambio» sin facilitar que la situación beneficie la imagen del adversario político, sobre todo del PP. Cs y Vox necesitan cortocircuitar la imagen de estar destinados a ser comparsas de gobiernos liderados por el PP, mientras que en Génova luchan contra el riesgo de que esta alianza desanime a su favor el reclamo del voto útil.

En todo caso, la «vía andaluza» ha levantado los ánimos en el PP y ha insuflado confianza en que pese a que la recuperación de voto no se esté materializando como desearían, Casado llegue a ser presidente del Gobierno como líder más votado del centro derecha. El análisis electoral de Génova apunta a que el «fenómeno Vox» seguirá estando muy presente al menos hasta las próximas generales, y esto les obliga a revisar la estrategia en Madrid y otras comunidades, como Valencia, para hacer frente al pulso que pueda plantear el partido de Abascal. Casado ha convertido ya esta batalla electoral en una cuestión que afecta a su política nacional y por eso ha decidido implicarse directamente en la relación con la dirección de Vox. Pese al debate interno sobre los riesgos de alejarse del centro, la decisión de la cúpula popular es competir más con Vox por la vía de la absorción que del enfrentamiento. El PP no puede renegar del discurso más duro que exhibe Vox en cuestiones como la política territorial o la política en inmigración, pero tampoco puede traspasar líneas rojas que les alejarían de la imagen de formación de centro derecha moderada y reformista que les permitió conseguir sus mayores éxitos electorales.

La etapa de las mayorías absolutas o mayorías amplias parece condenada a dormir un largo sueño y en el nuevo PP reorientan discursos y tácticas electorales para explotar su condición de «líderes de la coalición de centro-derecha que desalojará a Sánchez y a independentistas de La Moncloa». Si Cs sigue buscando el papel de árbitro entre derecha e izquierda, el PP, sin embargo, se reivindica como el árbitro del centro-derecha, el que es capaz de hablar con Cs y con Vox y articular mayorías que funcionen eficazmente como alternativa a la izquierda.

En Génova creen que Cs tiene menos margen para justificar que es el partido bisagra que puede pactar con la derecha y la izquierda. Volver al discurso de hacer de puente entre PP y PSOE «no es creíble», ni tampoco un pacto entre PSOE, Podemos y Cs.

«Las cartas están ya repartidas, y a Cs se le está agotando el juego de presentarse como el mago que puede unir derechas e izquierdas. El PSOE y Podemos se detestan tanto como Cs y Podemos, y pensar en una rectificación del PSOE que supusiera renegar de sus alianzas con Podemos para buscar a Rivera es a día de hoy bastante fantasioso. Rivera está poder sumar con el PSOE y con el PP, pero está por ver si saldrá tras las generales y sin que intervenga el voto secesionista. Las inercias se dirigen en esa doble dirección: por un lado, la izquierda y los secesionistas; por el otro, las derechas. Cataluña marcará la campaña de las autonómicas y municipales y ese discurso en clave nacional alejará también a Cs del PSOE de Sánchez», sostienen en la Dirección del PP.

El desgaste por corrupción sigue siendo uno de los puntos débiles del PP, «herencia» –se quejan– del «marianismo», pero con casos pendientes de sentencia y otros recién judicializados, como la investigación del presunto uso de fondos reservados por parte del Gobierno de Rajoy para neutralizar al ex tesorero del PP Luis Bárcenas. En Génova saben que esa investigación puede seguir dañando la imagen del partido y ser excusa para Cs para justificar su rechazo a acuerdos. En la nueva cúpula asumen que es «una situación muy delicada» y están decididos a hacer un corte «aún más traumático con el pasado si fuera necesario».Confían en que el hecho de que «la basura» del ex comisario Villarejo puede hacer daño a todos, al PSOE, y a otras altas instituciones, «limite el alcance de la explosión para que no sea el sistema el que salte por los aires». Pero es en el PP donde se habla por primera vez desde hace décadas de la posible necesidad de ir a una «refundación» en su sentido más amplio.

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